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miércoles, 17 de noviembre de 2010

~ El SERENO SEMBLANTE de BENEDICTO XVI ~

. . He tenido la gran oportunidad de poder fotografiar de cerca a Benedicto XVI, en la Catedral de Santiago en su peregrinación a la misma. He de decir que, desde el día que me comunicaron lo cerca que iba tener al Papa para poderlo fotografiar, me empezó a preocupar el semblante del Papa, pues en una gran mayoría de fotos que había visto de él lo veía siempre como una persona que fotográficamente me parecía complicada en sus gestos.
Cuando lo tuve enfrente de mí, durante todo el recorrido que hizo en su visita a la Catedral y durante el acto que en ella hubo, mi preocupación por sus gestos y su cara desaparecieron totalmente. Desde que le vi entrar en la Catedral, contemplé un rostro sereno y apacible, un semblante lleno de paz y serenidad, una agradable y constante sonrisa y unos gestos tiernos hacia las personas que conseguían acercarse a él. Durante el recorrido por los diferentes puntos de la Catedral, entre los huecos que me iban dejando los de seguridad y la prensa propia del Vaticano, veía el sereno semblante del Papa iluminado por la Luz del que es Luz para todos, que ponía tranquilidad en mi corazón en medio del ajetreo y las carreras dentro de la Catedral.

Mientras esperaba en la puerta de la Capilla del Santísimo, el Papa pasó a escasos centímetros de mí. Viví la certeza de que alguien muy especial pasaba a mi lado. Al verle arrodillado delante del Sagrario, solo pero seguro, supe que en su corazón estábamos todos. Al salir de la capilla continuó el recorrido, que nos llevó, después de pasar por el Pórtico de la Gloria y de recorrer la nave central de la Catedral, a la Plaza de la Quintana. Allí le esperaban dos señoras que le habían preparado una “esclavina” para esta ocasión; cuando el Santo Padre las vio con la esclavina en la mano, su rostro se convirtió casi en el rostro de un niño al ver su regalo. ¡Qué momento tan sencillo, lleno de cariño y simbolismo! Vi en el Papa la alegría de la admiración y el agradecimiento. Entramos de nuevo en la Catedral, y en esta ocasión -como un peregrino más- por la Puerta Santa. Desde allí, a la tumba del Apóstol: otro momento especial y de profunda oración. Seguidamente, el abrazo al Apóstol. Y, a continuación, ya en el presbiterio, saludó a todos los que estábamos en la Catedral: su cara expresaba la alegría del encuentro con los que allí estábamos; su semblante no dejaba de estar sereno, alegre. Su alegría y tranquilidad ponían paz y serenidad en mi corazón.
Durante las palabras de D. Julián pude observar y fotografiar en varias ocasiones como acogía con alegría aquellas palabras; y con serenos parpadeos que en ocasiones se convertían en unos ojos cerrados que denotaban -estoy seguro- oración, pues eran ojos cerrados que indicaban “recogimiento”. Al terminar las palabras de D. Julián, vino el tierno saludo entre ambos y la mirada de complacencia y agradecimiento del Papa. Después, vinieron las palabras del Papa, firme y seguro, sin titubeo alguno. Al final, el Botafumeiro. En el ir y venir del mismo de un lado para otro, pude observar como su mirada recorría pausadamente a derecha e izquierda su recorrido y, como a intervalos, sus ojos permanecían cerrados, como si estuviese orando en esos momentos, y luego abiertos, elevados de frente, a lo alto, con una tierna sonrisa en su cara y con un gesto agradecido. Antes de dar la Bendición, acogía los aplausos con agrado, abriendo sus brazos como queriendo abrazarnos a todos.
A todas las personas que me han preguntado sobre lo que he vivido en el Catedral en ese día les digo lo mismo: he encontrado en la cara del Papa un gesto sereno lleno de paz, una tierna sonrisa y esa Luz especial que brilla en él. En resumen: he visto en el sereno semblante de Benedicto XVI, el rostro sereno de Cristo.
Miguel Castaño. Comunidade Caná